Ser Puente
O perderse en la locura
El chamán y la chamana representan el puente que une el “yo” con lo “otro”.
Lo terrenal con lo misterioso: el Gran Espíritu.
La experiencia aislada con la colectiva.
El relato personal con el universal.
Todos tenemos ese arquetipo.
Todos tenemos el deseo de fusión, de comunión, con la vida, la naturaleza, la persona que tengo delante, el presente.
Es lo primero que conocemos en el vientre de la madre.
Y a lo que todos ansiamos volver.
El chamán y la chamana —de todos los tiempos y culturas— nos dicen cuida de la Pachamama: la Madre Tierra o la Madre del Mundo.
Lo buscamos con diferentes métodos y lo encontramos con mayor o menor fortuna. En la pareja, en el nacimiento de un hijo, rezando, cultivando un huerto, comunicándote con otro ser vivo, en la entrega a una misión de vida o el momento de fregar los platos con atención plena.
Ese puente nos ayuda a cruzar desde la conciencia asociada (yo veo el mundo a través de mi mirada) a la conciencia disociada (yo veo el mundo, y a mí siendo parte de él, desde la posición de un observador externo).
Necesitamos las dos.
Tengo que saber quién soy yo, cuál es mi mirada única del mundo, mi interpretación, mis talentos, en qué y cómo puedo aportar. Y qué tengo que aprender y desarrollar.
Y tengo que saber relacionar ese mundo con el todo, desde el arquetipo de la chamana, o el chamán, desde el deseo de tender puentes, de nutrir, sostener, ayudar, crecer.
La Energía Femenina.
La que percibe, vincula y da espacio a la vida.
Y que está en todos nosotros, al igual que lo está la masculina.
Una no tiene sentido sin la otra. Son complementarias. Necesarias ambas, en armonía, para la experiencia del todo.
Durante mucho tiempo, hemos aprendido a vivir priorizando solo una parte. La que separa, nombra, controla y organiza. La que busca imponerse sobre la vida en lugar de entregarse a ella.
Eso tiene consecuencias. Y no solo en lo que vemos fuera. También en cómo vivimos dentro. En la desconexión, la urgencia, la inmediatez, la violencia, la dificultad para sostener, cuidar y percibir.
Por eso no se trata de invertir los roles. Ni de rechazar una parte en favor de la otra. Se trata de recuperar. Y de armonizar. De vincular.
De reconocernos como individuos… sin dejar de formar parte de algo más grande, con vida propia.
Ese es el puente. Y no está fuera. Es una forma de estar. Es una forma de vivir. Y, quizá, es lo que ahora mismo más necesitamos recordar.
Pongamos fin a esta locura nacida de la ilusión de la separación y lo diferente.
Nosotros somos el puente.



"De reconocernos como individuos… sin dejar de formar parte de algo más grande" <- lo más difícil, o casi.
Todxs formamos parte de un mismo Todo. Me encanta como lo explicas, Maite 🩵